Morir dos veces.

("Morir dos veces" Septiembre-octubre 2009, colectiva "8 de Chile", Fotogalería ARCOS, Santiago de Chile - Fotografía de registro de Fernando Prado)


Fotografiar objetos vacíos en el desierto fue el principio de todo, la motivación primera. El lugar que se niega a si mismo, el espacio artificial evidenciando la cruda paradoja del desierto, cual es la posibilidad imposible. Luego nos fuimos a la ciudad a coleccionar frustraciones arquitectónicas para llevarlas al árido paisaje, pues todo terminaba invariablemente de esa manera en aquel lugar. Para ello, abandonar el papel lustre rojo por dos semanas en ese desierto, a decolorarse, a pasar por lo que el fotógrafo no pasó, a ser castigado para redimir todas nuestras faltas de absurdos colonizadores.










Barrio es donde todo sucede de manera pequeña y autosuficiente.

("Barrio es donde todo sucede de manera pequeña y autosuficiente" Noviembre-diciembre 2008, colectiva "Cartel se busca", intervención en Barrio Italia, Santiago de Chile )


Fotografiar al cartel en blanco frente al local comercial de impresos, entrar a él, descargar la foto, imprimirla y montarla. Sacar el cartel y exponerlo frente al local.
Es el modo en que me gusta habitar.






C.M. / C.M. (Yo es otro)


(Exposición individual "C.M. / C.M. (Yo es otro)" Octubre-noviembre 2008, Fotogalería ARCOS, Santiago de Chile).


(Exposición individual "C.M. / C.M. (Yo es otro)" Agosto-septiembre 2008, Centro de Extensión del Consejo de la Cultura y las Artes, Valparaíso).

("C.M. / C.M." Septiembre 2007, colectiva de envío de arte contemporáneo chileno a Bogotá "STGO-BOG-STGO". Exposición "Ficción / Fricción", enviada por Galería AFA y Colectivo Ojozurdo.cl a Galería Sextante de Bogotá, Colombia).

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La importancia de llamarse Cristian Maturana

"Yo es otro" o "Yo es un otro", la frase de Arthur Rimbaud "Je est un autre" extraída de una de sus Cartas de un vidente escrita a los 16 años, cumplió para su autor la función de separar el ser del hacer o percibir de ese mismo ser; como Rimbaud mismo lo ilustra, separar de la trompeta el bronce de la trompeta. La conciencia es una y debe saber escindirse de lo otro que acumula los contenidos de la identidad, la actitud y la conducta. Al asumir esa otredad dentro de sí mismo, el poeta despliega una libertad sin límites ya que la responsabilidad que la cautela es inmanente a quien ejerce dicha libertad.
Cristian Maturana citó la frase de Rimbaud en una exhibición previa en Bogotá de parte de los 19 retratos que ahora expone en Valparaíso y luego en Santiago, donde la ocupa de título, en una utilización que pareciera prescindir del significado subyacente para quedarse sólo con la literalidad de la frase, pues ella le basta y sobra para aludir a su trabajo. En éste, sin más, el 'yo' es el nombre –Cristian Maturana– en tanto el 'es otro' son todos aquellos que, desde sus diversas proveniencias y destinos, llevan dicho nombre sin ser el mismo ni él mismo, el autor. Limpiamente, el título enuncia la paradoja de un identificador de orígenes cristiano y vasco de extendida diseminación, y la unicidad excluyente de cada uno de sus portadores en común, paradoja que constituye la clave del proyecto de Cristian Maturana el autor. Todas las connotaciones implícitas, desde la banalización de un nombre que portan tantos como los que aquí vemos y tantos y tantos más que no vemos, hasta la antojadiza diversidad y frecuente desigualdad de una existencia que reparte largamente aspectos físicos, oficios y devenires, quedan resueltos con la frase "Yo es otro".
No obstante, ello sólo acota, no involucra a nadie; pasa lista –19 Cristianes Maturana dicen 'presente' y dan la cara– pero no da cuenta de sus reojos, sus temblores y sus suspiros. Hasta que nos devolvemos al sentido de la frase de Rimbaud, más allá, más acá de su enunciado formal. Y éste nos aguarda, silencioso pero latente, como el papel mural sobre el cual Cristian Maturana el autor ha dispuesto a sus homónimos. Es el verdadero 'es otro' o 'es un otro', cuya existencia y reconocimiento despliega la libertad a ultranza del poeta. Cada CM se desdobla entonces y empieza a bailar su música irrefrenable por los vericuetos del empapelado floreado que alguna abuela hipotética de Cristian Maturana el autor –la abuela de todos y cada uno de los CM presentes y de todos y cada uno de los CM aludidos, por miles– les ha guardado estos años para su solaz infinito.

Mario Fonseca. Santiago, julio de 2008


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Mira donde estoy.

("Mira donde estoy" Marzo-mayo 2008, colectiva "Ellos me miran", Sala Gasco de Arte Contemporáneo, Santiago de Chile - Texto y curatoría de Catalina Mena)


Más allá de la reinterpretación simbólica y estética de un fenómeno social, se habla de conflictos de ser y no querer ser, que superan toda contingencia. De este modo, se vuelve al origen de la fotografía, como conjuro contra la muerte y como rescate de un tiempo siempre fugaz. Si la fotografía está obsesionada con el tiempo y la caducidad, quiere decir que es un arte del viaje. Por ello, todo fotógrafo es un inmigrante.









No, nada.


("No, nada" Noviembre-diciembre 2006, colectiva "Tránsitos & transiciones, Ser y no ser", Museo de Artes Visuales, Santiago de Chile - Fotografía de registro de César Fonseca)


¿Qué se puede decir de una fotografía que es solamente fotografía, de una imagen que sólo es imagen? ¿Qué se puede decir acerca de aquello que pretende no decirnos nada? ¿Qué sentido podrían tener estas palabras que presento? ¿Qué sentido podrá tener la fotografía?, mejor aún ¿Qué sentido podrá tener un autor para aquella fotografía?.

Es la operación la que articula la evidencia, la que nos presenta a la fotografía en su dimensión más material, al punto de volvérsenos el papel en vidrio, de transparentar nada más que su referente, de desterrar el vilipendiado simbolismo, en consecuencia, de reducírsenos a un cero. Un cero despreciable y existente a su vez.
Digo “no digo nada” y, sin embargo, lo digo. Es la bella capacidad del lenguaje de poder abordar lo inabordable, de habitar en lo abstracto. Se concibe entonces a la fotografía como uno de esos lenguajes, como un código que es tremendamente capaz de abordar vacíos.

¿Qué impide que me pueda mantener al margen de mi propia consideración?.

Ocurre que somos nosotros los que disponemos de vacíos entre las cosas; pues entonces, ¿por qué debiésemos valernos sólo de las cosas y no de lo que hay entre ellas?. El asunto es la negación, lúcida y nihilista, la única manera de ser es a veces la de no ser.

El que observe juzgará. Pero si no quiere, no observe; si no quiere, no juzgue.










Boletos.


("Boletos" Julio-agosto 2006, colectiva “Fotografía Chilena Contemporánea. El Bodegón”, Sala de Arte Mall Plaza del Trébol, Museo Nacional de Bellas Artes, Concepción, Chile)

No es un acoso sexual o una molotov aislada, es un acoso tras otro, una molotov tras otra, un número que sucede y precede a otros. En fin, como ocurre ahora, un problema de personas es necesariamente un problema de números.







Huellas de uso.


("Huellas de uso" Junio-julio 2005, Ciclo "Cerrado por duelo", Librería Metales Pesados, Santiago de Chile)


“Mi conciencia de la ciudad es, por dentro, mi conciencia de mí”
Fernando Pessoa.

Qué difícil escapar de apreciaciones personales al momento de hablar de muerte. Es que a veces molesta en demasía eso de formar parte de un fenómeno que acontece a cada uno de los congéneres. No es querer exclusividad, sino solamente evadir la propuesta personal e íntima que dicta el hablar de uno, de exponerse a través del acontecimiento común. Irrelevante opinión vs. relevante fenómeno, difícil esto de exponer.

Parece un imperativo el asunto de morir. No nos da elección posible. Pero dista en realidad de serlo, pues, a diferencia de un imperativo, posee lógica.

No se trata de plantearse como premisa el ilusorio “no moriré”, sino que de apelar a ese natural, reaccionario, inocente y brutal instinto nihilista de negar la orden, de cuestionarlo todo, de intentar destruir.

Cuando se nos ordena apagar una vela, debemos contar con que ésta esté efectivamente encendida. Es la condición la que rompe la imposición de la orden y, por lo tanto, su calidad de imperativo (la apago, pero con una sola condición…) Y es precisamente esta salvedad la que resta el carácter de imperativo también a la mismísima muerte, pues es ella la que envuelve de manera intrínseca la condición: tan sólo muere lo que ha vivido (me muero, pero con una sola condición…)

Se identifica a la muerte entonces como un sufijo, huella inequívoca de que algo vivió. Pero no es una señal exclusiva, sino que, por lo contrario, es posible de ser homologada con la infinidad de huellas que imprime el ejercicio de la vida y de sus principales características, las de habitar y desplazarse, punto y línea sobre la cartografía social. Huellas que homologan a su vez la experiencia y permiten, afortunadamente, referirnos a patrones de conducta comunes y, de ese modo, abandonar esa temida autorreferencia.

Porque es la huella la que diferencia la casa nueva de la usada, la que determina la singularidad de la experiencia frente a la inocencia, la que describe, en definitiva, nuestro tránsito diario, aquel viaje que va de la vida hacia la muerte. Esa muerte nuestra, vital y hermosa consecuencia.
























Accidente.


("Accidente" Enero-febrero 2005, StgoDowntown, Alameda 1449, Santiago de chile)


Accidente en el sentido de la excepción, de la cualidad que escapa a la naturaleza del objeto.

La fotografía que se bota se nos transforma momentáneamente en escombro, se desarticula su forma y contenido. Se desprende de su aspecto verbal, pues no hay quien nos hable de ella, quien explique lo que vemos sólo en apariencia. Porque solamente podremos conjeturar, suponer, pero jamás llegaremos a la certeza absoluta de que la imagen no forma parte de un simple y cotidiano engaño, ese que practicamos a diario. Se transforma ésta en un acertijo, en un laberinto insondable, básicamente en un incierto.

Pero existe otra característica, la de transitar. De quien recoge y acumula estos recuerdos que atesora, aunque jamás comprenda. Aquella persona que encuentra en el piso los vestigios de quienes le rodean, que pretende conocer a sus congéneres por los escombros de los que proveen al espacio urbano. Aquel que, en su caminar lúcido, cabizbajo, se permite encontrar elementos de evasión ajena (nada más catártico que botar aquello que ya no queremos ver).

Es entonces el retrato de aquel caminar, de la vista baja, del criticado autómata que busca escapes sólo en lo ajeno, porque decide privarse de ellos en lo personal, pero que considera esa privación como un elemento de libertad, una lúcida decisión que le permite conocer a sus pares mientras ellos le ignoran.

Pretende en fin esta muestra restituir la característica natural de los elementos, sacarlos de su categoría de escombros y volver a otorgarles aquella función por la cual fueron concebidos. No sólo referido a las imágenes, sino al lugar donde se exponen. Habitar así el espacio que fue abandonado a su suerte, volver a hacer que los muros sean elementos de soporte y configuradores de un determinado tránsito, de una manera de habitar. Devolverles, en definitiva, la contemplación.

Si pueden hacerlo, los elementos seguramente nos lo agradecerán.



(Texto de la exposición)















El habitar hermético.


("El habitar hermético" Diciembre 2003, StgoDowntown, Alameda 1449, Santiago de Chile)


Si decidimos hablar sobre nuestros vecinos inmediatamente caemos en cuenta de que no les conocemos. Es nuestra manera de habitar que, gráficamente, cae sobre las rejas de las que nos rodeamos. Nos protegemos de todo lo que no somos. Los vínculos de nuestras casas con el exterior lo dan muchas veces sólo cables y cañerías, y no necesariamente (o generalmente) los habitantes de éstas.

La sombra como sinónimo de ese reflejo, es fotografía de su referente en su forma más rudimentaria, pero también (en palabras de noticiero) en su forma más oportuna y veraz.

Somos nosotros quienes construimos las rejas que nos molestan. Nos molestan porque nos delatan en nuestra intransigencia.

Miren alrededor, podrán ver miles de ellas, no me culpen por añadir sólo estas.



Retrato del involuntario arquitectónico.


("Retrato del involuntario arquitectónico" Julio 2003, Plaza central de Remodelación Torres San Borja, Santiago de Chile)

Parezco haber perdido la locuacidad que poseía al hacer estas fotografías y también un poco la concentración, carencia que provocó el que haya perdido el texto que hice para ello.

Pero si recuerdo haber esbozado una frase que me sigue gustando mucho: Parece un mandamiento urbano el ”no rodearás”. ¿ Cuántas veces hemos alcanzado con la vista todos los ángulos de un objeto arquitectónico de nuestro agrado? Olvidamos que uno de los derechos básicos de los habitantes de la espacialidad con respecto al volumen es precisamente el rodear.

El trabajo se plantea como un privilegio al poder habitar en la dimensión que la luz desconoce: la penumbra.

Se aborda la sombra como el olvido no sólo de la luz, sino también de la iluminación. Aquella representación en la que no se piensa durante la creación de un determinado objeto. Se asume, en fin, como esa fotografía permanente e instantánea que, de tanto ser, desaparece de la lógica de una concepción.

Recuerdo la idea del texto, pero no recuerdo la forma. Bueno, si lo olvidan los urbanistas por qué no habría de hacerlo yo. Lamentable consecuencia.






Favor concedido.



La naturaleza pulcra vuelve a los elementos, el vacío nos embarga.
La muerte no es otra cosa que la vida cumplida, el pasado conforme.





Remodelación.



En el momento en que uno recuerda, sabe que ha olvidado. Porque no hay memorias perfectas, uno necesita recordar aquel instante marcado, aquella mancha que está en la memoria, pero que a veces no se rememora de la manera exacta en que se realizó aquel acto que plasmó un legado. En este preciso punto es donde se necesita hacer énfasis, en el instante de quiebre o rompimiento de ella, como si fuese una historia sin final, un momento apartado que pasó por alto un tiempo de la vida. Entonces ¿Qué se necesita recordar?, ¿Cuál es el punto que quiebra la historia?, aquello que se olvida, el lamento de esa carga simbólica perdida que dejan lugares, personas, amantes, paisajes. Pero... ¿por qué sucederá esto?. ¿Qué es lo que hace recordar el pasado?, ¿será acaso la misma importancia de aquel pasaje importante que la memoria desechó por un tiempo y que en este preciso momento se recuerda para contar el final?.

Como una paradoja, no es mera coincidencia ligar a la fotografía con el pasado, pues es una permanente expresión de éste. Desde la base que lo fotografiado es siempre lo sucedido, entonces se hace imposible que esta no pueda mostrar los elementos en un estado que no sea el de su pasado, pues la instantaneidad no es tal, menos aun su presagio.

Es entonces la fotografía pretérito permanente, una invariable nostálgica. Y es precisamente esa nostalgia la que obliga a referir el pasado, a entender y asumir la historia de una manera correcta, completa e inequívoca, esa manera que sólo se puede sustentar en la idealista totalidad de la memoria y no en la pragmática parcialidad de un mero recuerdo.

Nelson Soto Huerta - Cristian Maturana.

Miles away.

Y la distancia es cada vez mayor.

Fotógrafo-Cámara-Referente.

Fotografío a un sujeto que no conozco en una ciudad que no conozco con una cámara que no conozco a través de internet que, por todo esto, tampoco parezco conocer.

Y la distancia es cada vez mayor.

Y el entendimiento, cada vez menor.









Plagio


Bueno, Robert Capa decía: "Si tus fotografías no son buenas es porque no te acercaste lo suficiente".

Se le escapó la mala intención.

La distancia determina más que la opinión. Y nosotros que hoy nos alejamos hasta de la cámara.

Bueno, quizás se podría decir que esto es un buen plagio.





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Cristian Maturana. Fotógrafo. Padre de familia. Nihilista pasivo.
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